Experiencias de las condiciones laborales y la doble presencia en mujeres trabajadoras sexuales cisgénero de la zona conurbada de Guadalajara
DOI:
https://doi.org/10.32870/punto.v12i23.311Palavras-chave:
Trabalho sexual, Condições de trabalho, Dupla presença, Saúde ocupacionalResumo
El artículo parte de las experiencias y vivencias de mujeres trabajadoras sexuales cisgénero en la Zona Conurbada de Guadalajara, centrándose en dos ejes fundamentales: sus condiciones laborales y la llamada doble presencia, es decir, la tensión constante entre el trabajo remunerado y las responsabilidades de cuidado. Para abordar estas realidades, el estudio se apoya en dos marcos teóricos. Por un lado, retoma el idealismo de George Berkeley, particularmente su idea de que *ser es ser percibido*, lo que permite comprender cómo la percepción social externa termina moldeando las condiciones materiales de vida de estas mujeres. Por otro lado, utiliza el construccionismo social de Berger y Luckmann para analizar cómo las realidades laborales y sociales se construyen colectivamente a través de significados compartidos y procesos de interacción en el contexto específico de la zona metropolitana.
Metodológicamente, la investigación se desarrolló desde un enfoque cualitativo, mediante un estudio de caso que buscaba recuperar las voces y las experiencias profundas de las participantes. Durante 2025 se realizaron doce entrevistas a profundidad, junto con observación de campo y un mapeo de los actores sociales involucrados. El análisis se organizó en cinco categorías: ser mujer, ser trabajadora sexual, condiciones laborales, realidad social y doble presencia. A partir de ahí, los testimonios recogidos permitieron construir un relato denso y matizado sobre la vida cotidiana de estas mujeres.
Cada una de esas categorías cobró sentido a través de las palabras de las propias entrevistadas. Para Themis, de 41 años, ser mujer implica una especie de seguridad que impone, una forma de autoridad que le permite moverse en espacios de riesgo con cierto control. La feminidad, en su experiencia, se convierte en una herramienta de negociación y jerarquía. Kali, de 71 años, describe lo que significa ser trabajadora sexual como una experiencia de alienación física: el cuerpo se presta al servicio, el descanso se posterga, y el uniforme termina funcionando como un mecanismo que oculta la precariedad detrás de una fachada de higiene. Por su parte, Yamaya, de 25 años, habla de las condiciones laborales como una realidad compleja marcada por la informalidad, la inseguridad y un sistema de reglas no escritas que reemplaza cualquier derecho legal.
La realidad social, en palabras de Artemisa, de 27 años, se vive como un campo de batalla por la supervivencia y el reconocimiento. Para ella, la sociedad es un ente que las usa durante la noche pero las señala durante el día, una hostilidad constante que atraviesa su vida. Y finalmente, la doble presencia encuentra en Hera, de 38 años, uno de los testimonios más elocuentes: lo describe como un malabarismo mental en el que tiene que cuidar que su rol de proveedora no contamine la imagen que sus hijos tienen de ella. Ser madre y trabajadora sexual implica vivir en alerta permanente para que ambos mundos nunca se toquen, y esa tensión genera un agotamiento psicosocial que pesa incluso más que el cansancio físico.
Lo que el estudio evidencia es que estas mujeres sostienen el bienestar de sus familias desde una posición paradójica. Son el motor económico del hogar, pero lo hacen en medio de una precariedad laboral extrema y una ausencia total de reconocimiento de derechos. La doble presencia no es solo un asunto de distribución del tiempo, sino una experiencia de fragmentación identitaria que obliga a gestionar roles contradictorios de manera simultánea. Y todo esto ocurre en un contexto donde el estigma social opera como un dispositivo simbólico y estructural que invisibiliza los riesgos psicosociales, biológicos y ergonómicos a los que están expuestas día tras día.
La falta de regulación y el vacío legal no solo profundizan la precariedad, sino que alimentan la violencia que enfrentan por parte de los clientes, quienes muchas veces actúan con impunidad amparados en un sistema que deshumaniza a estas mujeres. Como señala el artículo, el trabajo sexual en Guadalajara se sostiene sobre una contradicción profunda: la mujer como pilar económico frente a una precariedad institucionalizada que la criminaliza y la desprotege al mismo tiempo.
Desde los estudios de comunicación, la investigación aporta una mirada clave: revela cómo los marcos de percepción social y el estigma funcionan como barreras simbólicas que silencian el discurso de estas mujeres, transformando al mismo tiempo la comunicación en una herramienta de resistencia y de gestión de identidades duales entre lo público y lo privado. El estudio concluye subrayando la urgencia de abandonar una mirada criminalizadora y construir, en cambio, formas de comunicación institucional que reconozcan sus derechos humanos y el lugar central que ocupan en la estructura social.
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